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Nanocrónica

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1.

No es obligatorio.
Es cierto que no es obligatorio implantarse el Sistema Integrado Beta.
A día de hoy, 16 de Enero de 2035, nadie te obliga a introducirte en el torrente sanguíneo el nanocoadyuvante, o el nanotrasto, como yo le llamo. El Estado deja libremente a tu elección ponerte o no el SIB.


Pero nunca han llegado a explicar claramente el alcance y el por qué real del asunto y cómo funcionan esas máquinas en cuestión, lo que hace para ellos y lo que puede o no puede hacerte a ti, a tu organismo. Por supuesto según ellos es totalmente inocuo. Es como un parásito intracorporal que jamás interacciona negativamente con ningún tejido biológico y que en cambio proporciona numerosas ventajas. A saber: Seguimiento ininterrumpido de las constantes vitales y aviso al centro médico correspondiente en caso de urgencia, localización del sujeto únicamente en caso de acontecimiento trágico o de personas con incapacidad severa cognitiva, simplificación para realizar trámites burocráticos de todo tipo, ubicación y control de delincuentes peligrosos que ya cumplieron condena así como de los que aún la cumplen… y un sinfín más de razones suficientemente convincentes como para ponértelo.

Sólo tengo un recuerdo vago de cómo empezó todo hace ya unos quince años. Independientemente de la sorpresa inicial, no le presté demasiada atención al caso por parecerme una moda pasajera, otra ocurrencia estúpida más de las clases dirigentes. Lo escuché de pasada en un informativo en televisión: En Noruega, había aprobado el parlamento la implantación voluntaria de un dispositivo con nanotecnología dentro del organismo para (decía con cara de convicción el locutor) facilitar al usuario el desenvolvimiento en el día a día y mejorar su calidad de vida. Dieron una explicación tan ambigua que no me quedó muy claro qué significaba lo de “facilitar” y pensé que ya sería tonto el que permitiese la implantación de un intruso en su cuerpo, y, por supuesto, no creía que la gente iba a tragar con tal intromisión en su privacidad. Craso error. En aquel momento cambié de canal con una sonrisa de incredulidad dibujada en mi rostro y mi mente se dispersó hacia otro banal asunto de los muchos que se emiten por la tele.

Al poco tiempo de ver esa noticia me enteré del desenlace de la ley aprobada: No era sólo que los noruegos se negasen o dudasen en implantarse el nanotrasto, es que lo pedían, lo exigían por cientos de miles. Tal fue la avalancha de demanda que las acciones de las empresas de nanotecnología se dispararon por las nubes y al Estado noruego se le agotó la provisión que tenía prevista en ¡3 días! Como la implantación del nanoide es muy fácil, una simple cápsula que se traga, los hospitales y centros médicos se vieron desbordados enseguida ante tal cantidad de ciudadanos haciendo cola para que les dispensaran el invento bajo una estricta supervisión de funcionarios del Estado y personal sanitario y después de haber acreditado con la documentación exigida de quién se trataba el demandante. En aquel año me pareció una incongruencia más de la sociedad actual. Una panda de locos en el norte de Europa que se plegaban alegremente a los mandatos de sus extravagantes dirigentes.

España estaba lejos de eso. Aquí, en el sur, con su sol y su buena comida, con el desparpajo de sus gentes y el buen vivir. Tan lejos del norte que se me antojaba como otro universo distinto. No veía peligro en que aquella rareza se instalase aquí.
¡Qué equivocado estaba! No pasaron dos años de la masiva implantación en Noruega cuando la pasión por la nanotecnología prendió tan rápido entre los españoles que en vez de un cerebro parecía que tuviésemos pólvora en el cráneo.

Durante esos dos años de lapso entre el caso nórdico y el nuestro, no se cansaron de repetirnos por todos los medios de comunicación y hasta una saciedad que ya resultaba vomitiva las bonanzas del sistema, la voluntariedad del mismo, y lo mucho que estaba avanzando la sociedad noruega hacia un bienestar jamás imaginado en la evolución humana. Nos lo vendían como la perfección. Lo publicitaban como a un país perfecto con unos ciudadanos perfectos, con una calidad de vida y una seguridad muy superior a la de cualquier país del mundo.

Durante esos meses yo huía de estas noticias como de la peste y las cambiaba instantáneamente en cuanto empezaban con el machaqueo informativo. Me resultaban insufribles y no entendía la causa de tan cansino seguimiento de los avances en ese país que nada tenía que ver con el nuestro. Pero después de todo lo ocurrido hasta el día de hoy, después de los trece años que han pasado desde la implantación del SIB en España, he empezado a hacer memoria de los cambios que se nos fueron echando encima poco a poco, unos cuantos años antes del caso Noruego. Cambios de los que he llegado a entender la razón gracias a la retrospectiva de los años: Durante ese periodo de tiempo nos estaban educando y entrenando para la total aceptación y sumisión hacia el SIB.

Nos educaron a conciencia durante cuatro o cinco años y nosotros sin enterarnos. A nadie se le ocurrió pensar que aquello era un ejercicio para saber cómo reaccionaría la población ante tamaña invasión de su intimidad personal. Y como buenas ovejas educadas que somos, como buena masa estúpida que se deja mecer por las oleadas informativas que nos colaban por doquier, nos dormimos plácidamente acurrucados en los brazos de los dirigentes, con la seguridad total de que nos protegían y de que nada malo iban a permitir que nos ocurriese, y les permitimos hacer según su voluntad. Y aún no nos hemos despertado de esta pesadilla.

A mi modo de ver todo empezó más o menos con el “muy bien vendido avance” que suponía el desarrollo tecnológico de los localizadores allá por el 2016, cada vez más pequeños y más eficientes. Estas clases gobernantes siempre hacen lo mismo, te presentan el lado bueno de las cosas y te ocultan o ignoran el malo. ¡Quién se iba a negar por aquel entonces y después de tan buena campaña de publicidad a que a los enfermos de alzheimer o demencia se les pusiesen pulseras de localización GPS! Pobres, si se perdían así podíamos localizarlos antes de que una tragedia se cerniese sobre ellos y su familia. ¡Quién se iba a negar a ponerles la citada pulsera de localización a los niños! “¿Y si me lo raptan mientras juega en el parque o hace alguna travesura y se escapa mientras está en el patio del cole?” Pensaban esos padres protectores anteponiendo la tan bien vendida seguridad a la propia privacidad. ¡Quién se iba a negar a que les pusieran la misma citada pulsera a los delincuentes recién salidos de la cárcel! Así estaban completamente controlados y les resultaba más difícil perpetrar alguna fechoría. ¡Quién se iba a negar a ponerse una de estas pulseras si viajabas al extranjero! “¿Y si me raptan? ¿Y si me roban o me ocurre alguna desgracia fuera de mi patria?” Eso pensaban con prudencia los que traspasaban nuestras fronteras. Creían en su supina ingenuidad que llevando el localizador sus males desaparecerían por ensalmo. Era una especie de amuleto que conjuraba lo maligno. “Mejor esto que nada”, se consolaban.

Ahora veo claro por qué daban tanta publicidad a los casos relacionados con la pulsera GPS. Sospechosamente sólo se publicaban aquellos con resultados positivos. Supongo que también los habrá habido negativos, aunque sólo es una sospecha. Nunca he oído en todos estos años nada en contra de los diferentes sistemas que fueron probando según evolucionó la tecnología.

Cuando empezó lo de las pulseras, recuerdo en concreto el caso de una niña de seis años que fue raptada mientras jugaba cerca de su casa por un perturbado sexual. Los padres se dieron cuenta de la desaparición a la media hora y rápidamente contactaron con la policía, quienes encontraron al sujeto a poca distancia del lugar intentando quitarle a la niña el localizador. Sabía muy bien lo que se hacía el perla. Por supuesto fue una de las grandísimas victorias del sistema de localización. Se vendió como la panacea contra todos nuestros males y a los pocos meses descendieron milagrosamente los delitos relacionados con la utilización de las pulseras, con lo que empezó la demanda masiva de las mismas. Que si los políticos, los camioneros, las fuerzas de seguridad, los joyeros, los comerciales y viajantes, y un sinfín más de trabajadores y desocupados que se creían en peligro de súbita desaparición de la faz de la tierra, los compraron completamente hipnotizados por la psicosis colectiva desatada a raíz de la publicidad omnipresente de los casos felizmente solucionados gracias al localizador. Muchísima gente lo compró porque era muy asequible y lo que yo creí un gadget pasajero se instaló definitivamente en nuestras vidas.

Aquel aparato era como los móviles de la época sólo que muy pequeño y con un sistema de cierre en la pulsera que no se abría a no ser que el propio sujeto introdujera una serie de claves y biomedidores que sólo él poseía. La gente se sentía protegida pero de ningún modo acosada en su intimidad porque la pulsera se apagaba y encendía a voluntad. Que llegabas a casa después de la jornada laboral, a la seguridad del hogar, pues te quitabas el localizador y lo apagabas. Así de fácil. Misión cumplida. Que salías de casa hacia la jungla de la vida diaria, pues lo encendías y te lo ponías, hasta que nuevamente no tuvieses necesidad de ello. Incluso la mayoría de la gente se acostumbró tanto a él que ya no se lo quitaban ni para dormir. Era tan cómodo y reducido y las personas se sentían tan protegidas con él que ni lo notaban.

El primer año la pulsera sólo se trataba de un simple GPS, pero después le incorporaron más funciones útiles, tales como la completa compatibilidad de conexión con cualquier sistema informático, la capacidad de realizar operaciones administrativas sencillas y el reconocimiento de tu propio ADN para garantizar la intransferibilidad del sistema. Por ejemplo, cuando comprabas algo en una tienda acercabas el dispositivo al receptor de la misma y automáticamente se hacía un cargo en tu cuenta bancaria, si necesidad de DNI ni nada similar porque ya habían actualizado el dispositivo para estar conectado simultáneamente a tu ADN y a todas las bases de datos asociadas a tu persona en los bancos, administración pública, organismos oficiales y un largo etcétera que sería tedioso de enumerar porque era tal la cantidad de empresas y organizaciones que disponían de tus datos que ya nadie sabía a ciencia cierta quién te conocía y quien no y de qué, con lo que la gente se dejaba llevar por la comodidad del sistema sin cuestionarse quién y para qué movía los hilos detrás de él.

Por supuesto era totalmente voluntario. Mucha gente seguía, seguíamos en aquel entonces, con los métodos antiguos, las tarjetas de crédito, el DNI, la tarjeta sanitaria, la de transportes y muchas más que abultaban nuestras carteras. La mayoría que usábamos todo esto era por falta de recursos económicos (como mi caso) o en otros por una total incomprensión y rechazo del sistema, bien por ser un activista anti-intromisión en tu privacidad, o por existir un salto generacional de analfabetos tecnológicos tan grande que no entendían los beneficios ni los inconvenientes del mismo.

Estos eran los abuelos y gente de la tercera edad en general, quienes a pesar de haber sido convenientemente instruidos en la versatilidad y utilidad de las pulseras, seguían sin aceptarlas por pura pereza intelectual y desconfianza generalizada en este sector hacia las novedades de las personas mayores. ¡Qué bien nos habría venido al resto de la población algo de este recelo y desconfianza!

Pero también encontraron un medio para llevar a este sector hacia el redil: la medicina. Vincularon todos los trámites médicos y farmacéuticos a la pulsera. Si no la tenías estabas perdido. Estabas fuera del sistema de sanidad. En esto no hubo ningún tipo de transigencia. Fue impuesta de manera obligatoria. Si querías medicina gratuita y universal mediante las cotizaciones laborales pasadas o presentes estabas obligado a tener una pulsera, si no te tocaba pagar. Fue una imposición indiscutible. En un principio se apoyaron en la excusa del ahorro y fue una medida muy controvertida y poco convincente. La gente se quejó, gritó y pataleó durante un tiempo, pero no sirvió de nada. La nueva disposición se mantuvo férreamente, inquebrantable a las quejas y argumentaciones en contra.

Aquello fue el paso definitivo, el ensayo general del SIB. El que no quería o no podía entender el funcionamiento de las pulseras tramitadoras lo tuvo que hacer por las bravas y como buenamente pudieron. Se pusieron a disposición de los pacientes aulas informativas para la instrucción de los torpes y perezosos en aprender la novedad. Pasados unos meses, creo que no llegó ni al año, se suprimieron dichas aulas y cada uno se buscó la vida como pudo. El que no tenía dinero iba pagando a plazos la pulsera, respaldado por unos microcréditos que el Estado concedió como medida extraordinaria a los más desfavorecidos. Y el que no podía ni pagar eso o no quería, pues estaba fuera del sistema, y punto.

Aparecieron como setas las ONG de ayuda a los más necesitados que les enseñaban y proporcionaban métodos de curación alternativa y tradicional con productos naturales. Era gracioso contemplar cómo en pleno 2017 con todo lo evolucionados que estábamos en materia de tecnología, se excluía deliberadamente a un amplio sector de la población que no se plegaba a la normativa por considerarla un abuso de los poderes del Estado o simplemente por pertenecer al grupo social de los pobres o muy pobres. Este sector había retrocedido de repente a la Edad Media en plena era tecnológica. Comenzaron entonces a llamarles “los parias”.

Yo por aquel entonces estaba en mi último año de universidad, Diseño Aplicado a la Ergonomía del Mobiliario del Hogar, ésa era mi especialidad. Claro está que pertenecía, sin yo quererlo, a los parias. Al ser huérfano desde los diez años y sin familia que hubiese podido hacerse cargo de mí, había estado tutelado por el Estado que se había ocupado de mi educación y manutención. Sufrí mucho para terminar mis estudios ya que era, soy, un muy buen artesano, pero la parte teórica de los mismos no se me daba nada bien, así que cuando perdí mi beca al tercer año por haber suspendido alguna asignatura, me tocó ponerme a trabajar más en serio.

Durante los primeros años trabajaba esporádicamente para tener algo de dinerillo con que ir tirando. Como no soy muy amigo de gastos innecesarios, más bien puedo autodefinirme como austero, necesitaba poco, lo justo para pagarme los estudios y comprarme algo de ropa y calzado baratillos. La vivienda y la comida las tenía aseguradas por ley hasta los 25 años o la finalización de la carrera, lo que primero ocurriese.

Durante mis años de estudiante nunca me preocupé demasiado por los gadjets tecnológicos. Mis compañeros de estudios y los pocos amigos que tenía suspiraban en cambio por ellos. Se peleaban por ser los primeros en haber adquirido lo último en móviles, tablets y demás accesorios de última generación que a mí me parecían sólo eso, accesorios. Yo arrastraba entonces un móvil de hacía cuatro años por lo menos y que funcionaba a la perfección. Hacía mucho que se había pasado de moda y por eso se burlaban de mí, llamándole ladrillo emisor/receptor de llamadas a tam-tam. Yo me lo tomaba a chufa porque a mí nunca me han afectado las críticas cuando tengo claro lo que quiero. Solamente me interesaba la utilidad de los aparatos y si alguno me era útil me daba igual su diseño o su antigüedad. Por eso me especialicé en la carrera en la funcionalidad, robustez y pragmatismo del mobiliario.

No niego que me hubiese gustado tener algún que otro aparato tecnológico que me simplificase la vida, pero como no tenía dinero y el poco que tenía sabía muy bien en lo que debía gastarlo, pues me conformaba con mi suerte. Yo no pude adquirir la pulsera hasta un año después de terminar la carrera. Durante ese tiempo trabajé en lo que me salía, aunque no fue nada fácil porque estábamos aún saliendo de la tan traída y llevada crisis financiera que empezó con toda su crudeza en 2008 y que había hundido a España por completo. Yo no entendía por completo la magnitud de la temida palabra “crisis” hasta que terminé la universidad y me propuse encontrar trabajo de lo mío. Je. ¡Qué risa! Era joven, inexperto, con notas mediocres, además de no saber nada más que un idioma y medio, o sea, español y spanglish, que no llegaba ni a inglés como tal.

El 95% de las veces ni me llamaron para ninguna entrevista de trabajo y el 5% restante me descartaron por no tener experiencia y no poseer la pulsera emisora, que tanto les gustaba a las empresas por facilitarles enormemente todos los trámites administrativos. ¡Cómo iba a tener experiencia ni dinero para comprar la pulsera si nadie me contrataba! La lacra histórica en España del amiguismo y el enchufismo la sufríamos con toda su crudeza aquellos que no teníamos ni amigos ni enchufes.

No me quedó otra que ponerme a trabajar de camarero en un bareto de mala muerte en el que había desempeñado el mismo trabajo esporádicamente mientras estudiaba. Al terminar la carrera se me terminó la vivienda y la manutención, con lo que me vi metido en un piso compartido que tenía tres habitaciones, una cocina, un baño y un salón y donde vivíamos cinco personas: dos parejas y yo.

Como esta situación era transitoria para mí porque lo que pretendía era ahorrar dinero al máximo, intentaba trabajar todas las horas que me ofrecían en el bar y muchas noches hacía de aparcacoches en las discotecas del centro.
Más de un día y más de dos me mantuve en pie con tres o cuatro horas de sueño en el cuerpo y una barra de pan en el estómago.

La cocinera del bar donde trabajaba de día a veces se apiadaba de mí y me daba de comer cuando la comida sobraba, estaba ya a punto de caducar o recientemente caducada ya que no la podían servir a los clientes. Esos días me daba un festín de todo lo que podía y me llevaba a mi habitación del piso compartido varios tapers con todo lo que no había podido engullir.

Yo creo que por mi juventud y la dieta austera que llevaba a base de pan y alimentos casi caducados fue lo que hizo a mi salud de hierro, y en el tiempo que tardé en conseguir ahorrar para la dichosa pulsera no enfermé gravemente. Sólo un par de constipados y poco más.

En un principio, con la inconsciencia de mi vigor juvenil, me hice a la idea de no necesitarla ya que me encontraba sano y no me imaginaba yo que pudiese hacerme falta atención médica algún día. Y cuando más confiado estaba en mi buena suerte y más relajado por no padecer de nada, me caí de una escalera mientras limpiaba la parte alta de las ventanas del local, por hacer el cabra, todo sea dicho de paso, y me metí tal costalada contra el suelo que se me cortó la respiración unos segundos y creí morirme en ese mismo momento.

Salí del trance sólo con un moratón y las magulladuras propias de tan tremendo golpe, pero fue gracias a este susto que se me abrieron los ojos para darme cuenta de que la vida no es un camino de rosas. Y tenía gracia el asunto porque nadie mejor que yo debería haberlo sabido dada la dureza de mi adolescencia.

Después de innumerables privaciones y sufrimientos conseguí la dichosa pulsera. En un principio estaba muy orgulloso de este hito, ya que fue una meta que me propuse y conseguí con mucho trabajo. Sospechosamente nada más comprarla y durante los dos primeros meses de mi flamante adquisición enfermé más a menudo, como si me hubiese provocado una reacción alérgica general la pulsera, pero nada que fuese serio: más constipados de la cuenta, dolores musculares casi a diario, un par de muelas con caries y otras cosillas así que yo relacioné con el exceso de trabajo y la deficitaria alimentación que llevaba.

No relacioné los numerosos achaques con la pulsera, pero lo cierto es que como aún no cotizaba porque no estaba dado de alta, tuve que pagarme los medicamentos y las visitas al médico y eso fue un gran desastre para mi maltrecha economía. No me podía imaginar hasta entonces que enfermar resultara tan carísimo. El dueño del bar que contaba por entonces con unos 65 años me explicaba que antes, cuando él era joven los médicos eran “gratis” y los medicamentos casi que también. Ahora ya nada era gratuito, todo había que pagarlo y se lamentaba con añoranza del pasado. Si tenías dinero contabas con una oportunidad, y si no… pues hacías lo que podías.

Al bar iban a diario dos clientes que eran muy amigos del dueño, de su misma edad, y que me decían mientras entrecerraban los ojos con ademán conspirativo que era una selección natural que el Gobierno había impuesto en España a los pobres. En cuatro o cinco generaciones sólo habrían sobrevivido los genéticamente más fuertes y mejor adaptados al medio.Yo me reía de ellos con todas mis ganas en su misma cara y les decía que me presentasen las pruebas de sus argumentos. Ellos me sufrían con paciencia, y me decían que cuando fuera más mayor iría relacionando muchos detalles que ahora se me escapaban por ser demasiado joven y estar muy ocupado con tanto trabajar. Yo tenía claro que todas sus teorías eran solo los cotilleos típicos de dos desocupados con poco que hacer.

Cuando me reincorporé al trabajo después de mi primera gripe relativamente seria me hicieron notar lo raro de la situación, pero yo no les creí. Por aquel entonces era uno de los desprevenidos que no creía en la mala intencionalidad de los que gobernaban nuestras vidas. Simplemente me había tocado a mí y punto, no era necesario sacar las cosas de quicio y ver el fantasma de la malicia detrás de cada esquina. Curiosamente ninguno de los dos llevaba las pulseras.

Con la misma ya en mi poder me propuse buscar trabajo de lo mío en serio. Después de rebuscar incansablemente y revolver cielo y tierra, conseguí por mediación de un compañero de piso un empleo en una fábrica de muebles artesanos. Bueno, más que fábrica era un taller que fabricaba muebles por encargo a sus clientes.

El primer día estaba entusiasmado en mi pequeña oficina rodeado de planos y papeles por doquier. A mí me gustaba más hacer los muebles con mis propias manos en vez de diseñar sólo los planos, pero era un gran paso en mi vida laboral. Tuve que seguir trabajando seis meses más de camarero por las tardes y los fines de semana porque en la empresa me pagaban cero. Era becario… Aún así me sentía muy afortunado por ello.

Me sorprendió bastante cuando hice la entrevista de trabajo para entrar al taller que me preguntasen por las pequeñas enfermedades y achaques sufridos en los últimos tres meses, ya que, por supuesto, yo no había reflejado nada de eso en mi currículum. Al escuchar el comentario de mi futuro jefe en aquel momento debió advertir mi cara de sorpresa y me explicó que el Estado les permitía obtener la información almacenada en la pulsera de los últimos seis meses. Mi estupor fue bastante grande en ese instante, ¿por qué podían disponer alegremente de una información que yo consideraba tan personal? La verdad es que me sentó bastante mal y maldije en ese momento mentalmente a mi marisabidilla pulsera que contenía tantos datos insospechados para mí y a disposición de personas ajenas.

¡Hasta llegó a preguntarme qué tal descansaba por la noche! El emisor de datos reflejaba que mi sueño nocturno era inconsistente y fragmentario, y que quizás eso repercutiría negativamente en mi productividad al no tener las horas de sueño deseables. Le tuve que explicar que eso me ocurría desde que tenía uso de razón, me despertaba a menudo por las noches, pero que nunca jamás me encontraba cansado cuando me levantaba. El culmen de la entrevista fue cuando hizo referencia a los servicios de una “señorita” requeridos por mí en un local poco recomendable… ¡Tierra trágame! ¿Hasta eso quedaba reflejado en la pulsera? Y peor, ¿hasta a esa información tenía acceso mi futura empresa? Me quedó muy claro aquel día el poder de que dispondría desde aquel momento en adelante cualquier persona que quisiese contratarme. ¡Qué digo! Simplemente con estar interesado en contratarme ya tenían mis bases de datos de los últimos seis meses de mi vida abiertas. Mis entrañas quedaban al descubierto para que yo pudiese tener un trabajo digno con un contrato.

Me dio rabia cuando terminé aquella entrevista y se me quedó en el alma una impresión de desnudez y desamparo total. Me parecía que había estado tendido en una mesa de operaciones, inerme, sin poderme mover pero completamente consciente, y que mis empleadores hubiesen estado sacando órgano por órgano y lo hubiesen revisado a la luz de los focos del quirófano muy concienzudamente y me reseñasen enfáticamente cualquier manchita o defecto en los mismos para posteriormente tomar nota en sus carpetas y volver a colocarlo en su lugar. Me enseñaban mis errores, mis más temidos defectos y mis enfermedades pero no los curaban. Sólo tomaban nota y me dejaban tal cual. Si por lo menos me hubiesen limpiado el alma como en el sacramento de la confesión, algo más hubiese ganado, pero simplemente negociaban con la información. Me chantajeaban y presionaban con ella para adoctrinarme y domarme a su voluntad y así despojarme impunemente de la mía.

De todas formas la locura de la juventud todo lo cura rápido. Aquel sinsabor y aquella bajeza cicatrizaron en el mismo instante en que me confirmaron que había sido el agraciado con el puesto de trabajo. ¡Qué suerte! Después de tantos años de preparación, sufrimiento y privaciones por fin iba a desarrollar mi potencial laboral en lo que a mí me gustaba.

Hice rápidamente buenas migas con un chaval que estaba allí de aprendiz y era el hijo del primer oficial tornero del taller. Era un chico bastante alocado y alegre, muy cordial en el trato.

Recuerdo que comentábamos la vergüenza que pasamos en nuestras respectivas entrevistas de trabajo cuando sacaron a la luz nuestros trapos sucios. Nos reíamos a mandíbula batiente al contar las preguntas que nos hicieron y nos contábamos también las contestaciones que dimos, todo de cabo a rabo. A mí no me importaba confesarle al chico los pecadillos que habían salido a relucir aquel día porque existía una tremenda diferencia con respecto a la entrevista de trabajo: Yo le contaba mis interioridades a quien yo quería y cuando yo quería. Esa era la grandísima diferencia. De la obligatoriedad torticera de la confesión laboral a la voluntariedad de la misma. De sentir tu alma ultrajada y manchada a sentirla limpia, resplandeciente y descansada de remordimientos por una confesión voluntaria.

Mi primer año de trabajo pasó volando, como un rayo. Estaba tan absorto y ocupado en lo que era mi pasión que no tenía sentidos para nada más.

Debió ser al cabo de este tiempo cuando saltó a la luz la noticia que una poderosa empresa de nanotecnología había desarrollado unos nanoides que podían instalar en el ser humano, resultando completamente inocuos para éste. Aunque no explicaron su utilidad claramente en el taller comentábamos el asunto igual que lo hacíamos con muchos otros, sin darle mucha importancia. A mí me parecían locos de remate los que se prestasen a este abuso eso de dejarse inocular en el cuerpo unos bichillos internos que correteaban libremente por tu organismo haciendo quién sabe qué me pareció de locos. Pero, incomprensiblemente para mí, a bastantes compañeros, sobre todo los más jóvenes, les parecía un avance extraordinario de la ciencia que permitiría al ser humano evolucionar. ¿Evolucionar a qué? Y sobre todo, ¿evolucionar a quiénes? Casi todos los que estaban a favor se implantarían sin pensárselo los nanoides. Creían que éstos les sanarían de todas las enfermedades y problemas físicos. Muchos vinculaban directamente a estos trastos con la inmortalidad de los humanos y argumentaban que esto era un primer paso para conseguirla.

Aparte de no haber llegado a entender nunca por qué el ser humano ha luchado desde que es humano por alcanzar la inmortalidad en contra de su propia naturaleza, (correspondiente a este asunto yo siempre me he hecho la imagen mental de verme a mí mismo trabajando a cambio de un salario por toda la eternidad… y no encuentro una peor pesadilla que ésta) en las noticias que versaban sobre este caso explicaban muy claramente que los nanoides no interactuaban con el organismo, sólo recogían, recibían y transmitían datos. “¿Datos?”, me preguntaba yo, “¿qué datos y a quién los transmitían?”. Estas mismas contradicciones se las planteaba a mis compañeros y todos me miraban con cara de incomprensión. No entendían cómo no podía estar a favor de tal avance científico para el hombre.

Yo no es que estuviera en contra del avance de la tecnología, siempre he estado a favor de todo lo que beneficie a las personas, pero como soy de natural desconfiado, me daba la impresión de que allí había gato encerrado. No me parecía que las explicaciones que daban por los medios de comunicación fueran muy claras. No me convencían en absoluto.

Al aprendiz estaba tan entusiasmado que hasta quería irse a trabajar a una empresa de nanotecnología noruega. Me hacían reír de veras sus fantasías casi infantiles de cómo creía él que sería el llevar los nanoides en el cuerpo. Poco menos que en un superhéroe se transformaría. Casi se veía volando y lanzando rayos láser por los ojos. Era un caso.

Pasó mi segundo año de contrato en un abrir y cerrar de ojos y en la empresa decidieron hacerme un contrato como a una persona normal. Es decir, se acabó el salario ínfimo a cambio de trabajar como un negro más horas de las que el reloj podía dar. Me felicitaron por el cometido realizado, por mi profesionalidad y por la modernización que había traído a la empresa en mi especialidad. Fue a partir de entonces cuando me consideré rico. Me pagaban un sueldo normal y podía comprarme comida decente y mejor ropa y calzado. Seguía viviendo en el piso compartido porque estaba ahorrando para comprarme un coche de segunda mano con el que poder desplazarme más cómodamente al polígono donde se ubicaba el taller. Dejé el trabajo de camarero y pude descansar por fin de verdad los fines de semana. Me sentía afortunado.

El único gasto notable que tenía aparte de mi manutención era la dichosa pulsera. Cada dos por tres se publicaban nuevas actualizaciones que tenías que pagar e instalar. Si te las saltabas el emisor dejaba de funcionar correctamente y cometía errores incomprensibles. Las cuatro primeras veces hice un esfuerzo económico y compré las actualizaciones en fecha y forma. Pero a la quinta me pilló muy mal de dinero y decidí hacerme el longui y saltármela. Los compañeros de trabajo me advirtieron de que no lo hiciese porque te trastornaba la vida. Yo creí que sería una exageración, pero no lo era.

Al segundo día de haber caducado el plazo de la actualización llegó una ambulancia al taller preguntando por mí. Venían de urgencia porque la pulsera les había transmitido señales de un malestar repentino compatible con un ictus. Me quedé de piedra cuando los sanitarios me dijeron aquello. ¿Yo, un ictus? ¡Pero si estaba perfectamente! Procedieron entonces a conectarse manualmente con mi pulsera a través del puerto físico, con un cable, y apareció entontes que no tenía implementada la actualización del software. Al tener desactualizada la pulsera y por tanto estar como oficialmente dado de baja de las bases de cotización de la seguridad social ese par de días, me tocó pagar el costo del viaje de la ambulancia y el desplazamiento de los sanitarios hasta mi lugar de trabajo.

Conclusión: Fue peor el remedio que la enfermedad. Puse una queja oficial en el Ministerio de Sanidad y la contestación fue que no se responsabilizaban del buen funcionamiento de las pulseras sin las correspondientes actualizaciones del software, y que habían bajado hacía tiempo las retenciones en nómina y los impuestos a los ciudadanos para que pudiesen hacer frente al pago de las citadas actualizaciones. Vamos, que te veías obligado a llevar las pulseras para no ser discriminado en la sociedad y después te tenías tú mismo que sacar las castañas del fuego.

Yo que hasta entonces había llevado muy ufano la pulsera, exhibiéndola como un gran logro, que lo era para mí, empecé a mirarla con recelo y a preguntarme qué más hacía aparte de “fallar” cuando no invertías en ella el dinero requerido. Me acordé de los dos clientes del bar donde había trabajado y de los argumentos conspirativos que tenían acerca de ella.

Claro estaba que si no la quería sólo tenía que apagarla, quitarle la batería, dejar de pagar y punto. Pero a partir de entonces volvería a convertirme en un discriminado social, volvería al grupo de los parias, como antes había sido, sin poder trabajar, sin seguridad social, excluido de la sociedad, en una palabra, se me encogía el corazón sólo de imaginármelo. Con lo bien que había estado yo los últimos meses…

Verdaderamente con la vorágine de la vida laboral no dispones de mucho tiempo para sentarte en casa y pararte a reflexionar sobre las cuestiones serias de la vida, y tampoco estás acostumbrado a hacerlo. No hablo de cinco o diez minutos, hablo de tres o cuatro días pensando en lo concerniente a ti, con calma y sin presiones de horarios para sopesar las opciones y elegir la más conveniente.

Eso me pasó a mí. Me volví a dejar llevar por la corriente imperante después de aquel extraño asunto y seguí con mi trabajo, sin pararme a pensar. Como una mula con anteojeras, para adelante. Para más colmo, cuando me tocaba mi tiempo de vacaciones mi jefe me proponía trabajarlas pagándomelas como horas extra. ¡Cómo iba a negarme si lo que necesitaba yo era dinero para sacar la cabeza un poco del hoyo en el que la vida me había enterrado!

Algún fin de semana que otro me pasaba por el bar en el que había trabajado para tomarme un café. Habían contratado a otro chico mucho más joven que yo y que se desenvolvía muy bien en aquel ambiente. Me sentaba entonces con mis antiguos clientes favoritos, quienes me informaban de sus inhabituales teorías acerca de la vida.

Cuando les conté el episodio de la ambulancia se encontraron sus miradas mientras desayunábamos un domingo y podría haber cortado la tensión con que se conectaron instantáneamente con el mismo cuchillo con el que me estaba comiendo mi tostada. Me quedé en suspenso con un trozo de la misma pinchado en el tenedor a medio camino entre el plato y mi boca, que esperaba abierta y ansiosa por el deseado bocado.

Pasaron unos segundos sin que dijeran nada, y después desenlazaron sus miradas y prestaron atención a sus respectivos cafés sin decir ni pío. No pude por menos que soltar el tenedor y en ademán suplicante, con las palmas de las manos extendidas hacia arriba, espetarles un “¿Qué?”, que resonó chillón y angustioso en el silencio del local que contaba con nosotros tres como sus únicos clientes matutinos.

Empezaron entonces a carraspear por lo bajini, incómodos por tenerme que explicar una vez más sus argumentaciones de conspiración de las que tantas veces me había mofado ya. Pero aquella vez estaba ansioso por escucharlas después de que me hubiese tocado a mí vivir en propias carnes las consecuencias de aquella pequeña desobediencia civil.

-¿Ves por qué nosotros no llevamos nada?

Esa postura que ambos tenían era relativamente fácil de mantener cuando sus padres les habían dejado en herencia un buen pellizquito de dinero y propiedades que supieron conservar y gestionar para vivir despreocupados de tener que trabajar. ¡Así cualquiera! Le rebatí rápidamente:

-Eso no me vale, Ramón. Tú no estás obligado como el común de los mortales por las leyes aprobadas. Vosotros tenéis una libertad que los demás no nos podemos ni siquiera plantear.
-Es verdad, es verdad, no te lo discuto. No soy un muy buen ejemplo comparativo.
-Es que yo, si no tengo la dichosa pulserita y le doy de comer de vez en cuando y la atiendo como a los tamagochis que tuve cuando era niño, ésta no se muere como ellos, ¡ésta me ataca! –Les remarqué con cara de enfado.
-¡Claro! Claro que te ataca. Todo está programado en la sociedad actual para atacarnos y no dejarnos parar para pensar. Sólo tenemos tiempo para defendernos de los ataques.
-¿Pensar? Pero pensar en qué, Ramón.
-En todo, Pablo, en todo. Pararte a pensar en cualquier tontería de la vida. Dejar a tu cerebro que trabaje y discurra en otras cosas que no sean el trabajo y en la ocupación angustiosa de conseguirte tus habichuelas diarias. Así es como el hombre ha evolucionado. ¡Esa es la verdadera evolución y no la de la tecnología! ¡Eso es lo que no nos permiten por miedo! Si te das cuenta, desde niño, y ya en mi generación, nos han educado en el colegio y más tarde en los estudios superiores para no saber pensar. Te engañan para que creas que memorizar y manejar las ingentes cantidades de información con las que te inundan es pensar. Noooo, nooo, eso no es pensar.
-¿Y qué es pensar entonces?
-Pues su propio nombre lo indica, pensar es pensar… -Y se quedó mirando a las telarañas del techo como esperando a que una de las arañitas se descolgase con una definición de pensar entre las patas. –Pensar es obligar al cerebro a fabricar soluciones para todo tipo de problemas tanto si te incumben como si no. Es observar la cotidianidad, extraer cualquier suceso al azar y diseccionarlo con la intención de dale una solución, y cuando no te ves capaz por tu incompetencia en la materia, entonces vas y te informas. ¡Para eso vale la información! Para usarla cuando es necesaria, no para atiborrarte de ella a diario sin ningún objetivo. Solamente acumular información a espuertas por acumularla y sin usarla en algo útil no tiene sentido.
-Eso es por la teoría del cotilleo, ya lo sabes. –Le interrumpió Félix.
-¿Eh? ¿La teoría del qué? –A mí estas conversaciones me solían dar dolor de cabeza porque se me escapaban sus argumentaciones.
-Del cotilleo. Hace muchos años vimos en la tele un documental que nos impactó, ¿te acuerdas, Félix? –Félix asentía vehementemente con la cabeza. –Era un documental sobre la teoría de la evolución del hombre prehistórico. Nos gustó en particular la de un antropólogo que defendía que el ser humano había pasado de mono a hombre gracias a que los grupos de humanoides se empezaron a convertir en demasiado numerosos debido a la abundante alimentación, por lo que no podían atender debidamente a su principal hábito de relación social del despiojamiento. Decía este hombre que tuvimos que evolucionar nuestro lenguaje como sustitución de este hábito de relación social ya que era demasiado personal y sólo se podía hacer a un miembro de cada vez y utilizando para ello las manos, sin poder ocuparte en otra cosa. En cambio con la charla puedes atender a varios sujetos a la vez y así matas a dos pájaros de un tiro: cotilleábamos para reforzar nuestros vínculos sociales con varios a la vez y además nos quedaban las manos libres para emplearlas en otras cosas. El habla nos dio la oportunidad de extender ampliamente nuestra red social. ¡Me río yo del facebuk y del tluite ése y de las redes sociales ésas!
-¡Hala Ramón! Eso está ya más que desfasado, hombre.
-Bueno, pues como se llame ahora.
-Pero a ver, qué tiene que ver el exceso de información y el no saber pensar con la teoría ésta del cotilleo.
– Es muy fácil, ¿no lo ves? –Ahora era Félix quien continuaba con el argumento. –Tanta información de tantos temas y en exceso, como de unos años a esta parte, pero información vacía, sin contenido importante, es simple y llanamente para darnos tema de conversación. Para tenernos ocupados con nuestra cohesión social del cotilleo. Te proponen ríos de temas distintos para que elijas con el que cotillear y así no te pares a pensar en lo que realmente importa en la vida. Esa es nuestra teoría. Te mantienen ocupado cotilleando, ya que eso es lo que nos ha hecho humanos, lo tenemos escrito en nuestros genes y nadie se puede negar al hecho de la charla y el cotilleo. Es lo que nos hace hombres. ¿Quién se resiste a hacer un comentario aunque sea vago de la noticia estrella del día?
-Y al que no lo hace, ya sabes, le cuelgan el sambenito de que es un antisocial. –Remachó Ramón.
-Mismamente esto que estamos haciendo ahora es cotillear con mayúsculas. Es simplemente una hipótesis acerca de la que teorizamos y damos nuestra opinión sobre el asunto. Y si no es acerca de estos temas de conspiraciones pues será acerca del fútbol, de la política, de la prensa rosa, del cine, del vecino, del jefe, de los compañeros de estudios o trabajo, del tiempo, de lo que me pasó ayer y de un sinfín de temas que nos exponen a diario para que elijamos, según nuestros gustos. Si te tira más una cosa que otra, pues cotilleas más acerca de ello y te quieres enterar de todas las novedades del tema para charlar con un grupo que sea afín a tus tendencias y con el que interactúas más y tienes más cohesión social.
-Sí, y eso nos lleva a la teoría de los 9 tipos de básicos de personalidad humana: el reformador, el ayudador, el triunfador, el individualista, el investigador, el leal, el entusiasta, el desafiador y el pacificador. En base a estos tipos publican las noticias y entretenimientos oportunos para que cada tipo cotillee y se entretenga.
-Pues, pues… -Balbuceaba yo intentando asimilar estas teorías espeluznantes. –Pues no sé. Nunca lo había pensado así…
-¡Ahí lo tienes! Tú mismo lo has dicho: “Nunca lo había pensado así…” Pensar. Esa es la clave. –Me contestó Félix.
-Ya… -De nuevo daba vueltas a la cabeza. -¿Y de dónde sacáis esta información, si puede saberse?
-Mmmm… de aquí y de allá… de grupos… -Dijo Ramón al tiempo que arqueaba las cejas en ademán misterioso a la vez que Félix desviaba su mirada hacia su café, ya vacío del todo.
-Ah, ya, de grupos… Pues sí que me has aclarado mucho.
-Pablo, es difícil de explicar, son muchos años de atar cabos sueltos de aquí y de allí y de contrastar opiniones con unos y con otros… -Félix seguía mirando hipnotizado su taza de café. –Y al fin y al cabo estamos como esta taza de café, vacíos de certezas, sólo con conjeturas, hipótesis que a fuerza de exponerlas y modificarlas quedan mareadas y deshilvanadas, mal completadas por nuestra ignorancia. –Su voz reflejaba una amargura con la que nunca le había oído hablar. –No somos nada más que dos pobres tertulianos que se pasan la vida discutiendo sobre diversos temas para no llegar a ningún fin. No tenemos soluciones para nada. Esa es la verdad.
-Pues no será por no buscarlas, Félix. Lo único que ocurre es que lo que nos falta es información de la buena. ¿Dónde conseguir el tipo de información que necesitamos para poder brindar una buena solución, eh? Ese es nuestro problema y no otro. No es falta de entusiasmo, de trabajo o de constancia, no. Es la falta de información. –Félix asentía una vez más, cabizbajo con la mirada aún atraída por el vacío de su taza. –A ver, no se va a presentar en la Moncloa, te pongo un ejemplo, un mindundi como yo y espetarle al Presidente del Gobierno: “Oiga usted, explíqueme sin más dilaciones cuáles son sus verdaderas intenciones con respecto a tal y tal ley, no lo que han publicado en los medios de comunicación, no, la verdadera intención, lo que está por detrás y no nos cuentan…” Siempre trabajamos con habladurías, bulos y sospechas de gente que conoce a gente que conoce a gente. Que si una señora de la limpieza que trabajó en casa de no sé qué poderoso y oyó no sé cuanto, que si un escolta que estuchó entre bambalinas un trocito de conversación en el que le parecía que decían algo importante, que si un amigo de un amigo… A falta de información fidedigna lo nuestro es teorizar, intentar dar una versión de la realidad interpretando los datos de que disponemos.
-¿Y no os cansáis de todo esto? ¿No os da dolor de cabeza? ¿No os entran ganas de iros a vivir alejados de la civilización a un páramo solitario? –Estas preguntas me salieron del alma al ver en sus caras reflejados el cansancio y la desilusión al no poder hallar certezas. –Me da la impresión de que es un trabajo intelectual muy pesado. Yo me canso nada más que de tener la mente concentrada en mis planos, y sé que son certezas todas las medidas que en ellos pongo y que como fruto de mis ideas saldrá la certeza de un mueble palpable y real. Si yo tuviese que trabajar con cotas irreales y sin saber si lo que dibujo desembocará en un mueble real no lo podría sufrir. Se me cansaría el cerebro de pensar sin llegar a puerto. Tengo alma de artesano y mis ideas se tienen que transformar en materia. Las filosofías no son para mí.

Rieron entonces de buena gana ambos ante la vehemencia con que había explicado mi parecer. Supongo que me vieron cara de sufrimiento. Para mí la vida debería ser más simple. No deberías preocuparte por si los gobernantes hacen las cosas con buena o mala intención. Yo eso nunca me lo había planteado. Siempre había creído que quien anhela ese poder, que en el fondo debería ser anhelado por amor a la población, es para prestarles el mejor servicio posible. Nadie es tan inocente como para no saber que el poder corrompe y que cuando manejas dinero ajeno no te duelen las pérdidas ni te alegran las ganancias, simplemente el dinero pasa por tus manos y a veces se queda, claro. Pero aparte del abuso de poder, el tráfico de influencias y la corrupción económica nunca podría haberme llegado a imaginar que existían otros trasfondos malintencionados. Me daba miedo pensarlo siquiera. Es verdad que hay tantos pareceres como personas estamos en este mundo, y que casi cada uno de nosotros tenemos la convicción interna de que nuestro parecer es el mejor y el más lógico, bajo nuestro punto de vista, claro. Para el vecino seguramente nuestras ideas son una atrocidad y su parecer es totalmente opuesto al nuestro. Es verdad también que el ser humano tiende al egoísmo por naturaleza, como instinto de conservación arrambla con todo para su propio beneficio y el del grupo al que pertenece, y que está claro que lo que a ti te hace bien, al otro le hace mal, con o sin intencionalidad por tu parte.

El que ha subido a tan altas esferas por propia o ajena voluntad debería tener un pensamiento preclaro para hacer las cosas bien, o lo mejor posible. ¿Pero subir tan arriba para hacer el mal intencionadamente? Supongo que bajo el prisma del pensamiento de cualquier genocida del pasado era bueno hacer lo que hicieron cuando lo hicieron. Me tiemblan las piernas sólo con imaginar que uno trepa tan arriba por el gusto de imponer a los de abajo sus propias convicciones, estén de acuerdo o no con ellas.

Después de aquel día en el que hablé con los dos amigos se me quedó aún más la mosca detrás de la oreja y me dio la impresión de que me había metido con toda mi buena intención en un jardín del que no podría salir. O me quedaba en la marginalidad de los parias o me integraba en el sistema con todas sus consecuencias, con todos los pros y contras y sin darle más vueltas a la cabeza. Eso es lo que tenía que decidir. O me rebelaba o me olvidaba de todo y seguía el redil marcado.

Como realmente mi verdadera intención en la vida era trabajar de lo mío para conseguir una estabilidad económica, me lié la manta a la cabeza, me olvidé del asunto y decidí ser bueno y atender las necesidades de la pulsera sin rechistar. No quería quebraderos de cabeza, bastante tenía con mis preocupaciones diarias laborales y personales como para buscarle las cinco patas al gato. Eso sólo se lo podían permitir Félix y Ramón que estaban por encima de la mediocridad de la mayoría de la población.

Seguía viéndoles de vez en cuando, algún domingo que me pasaba por el bar a desayunar, que solía ser cuando había mucho jaleo en mi piso o cuando tenía ganas de charla. Ambos eran muy buenos tertulianos y a mí me gustaba hablar con ellos largo y tendido porque, a pesar de sus rarezas, eran dos hombres muy inteligentes y que habían sabido aprovechar y usar para su beneficio la sabiduría que les había brindado la vida.

A veces salían a colación algunos de los temas extraños de los que a ellos les entusiasmaban y que parecían dominar al dedillo y de los que yo no solía nunca opinar. Cada vez que me hablaban de algo de esto tenía dolor de mollera para el resto del día. ¿Realmente existía ese otro sistema vetado al común de la población? Me consideraba casi que afortunado por pertenecer al grupo de los “descre-sotas”, palabro que habían inventado de combinar descreídos y pasotas. Cuando debatían acaloradamente acerca de estos asuntos y utilizaban este tipo de jerga inventada e ininteligible para mí. Yo me limitaba entonces a mirar alternativamente a uno y a otro, según el que estuviera en posesión de la palabra, como si de un animado partido de tenis se tratase. Mi cara debía ser un verdadero poema entonces, seguro.

Aquellas conversaciones me parecían un galimatías y yo callaba y escuchaba, intentando descifrar lo que argumentaban con tanto ardor, a veces vociferando y manoteando incluso. A fuerza de escucharles una y otra vez, se me fueron pegando algunos de los términos que decían y que a veces incluso yo le espetaba a algún compañero en el trabajo sin querer.

Las más de las veces las conversaciones que manteníamos eran acerca de las cosas sin importancia del día a día, lo que ellos denominaban “cotilleo genético puro”, tales como la mejor forma que teníamos cada uno de preparar un café para que saliera espumoso o el estado de ánimo que nos influía a la hora de ir a comprar al súper.

Eran muy agradables en el trato estos dos amigos porque nunca rechazaban ningún tema de conversación y teorizaban sobre los asuntos más insospechados.

Algunos días decía Félix: “Hoy no tengo ganas de pensar. ¡Chicooooo! –Ese era el camarero. –Ponnos la tele, a ver qué se cuentan”, y entonces charlábamos animadamente sobre lo que en ella se decía, sin importar mucho el tema.

Como realmente yo no conservaba ningún amigo del colegio o de la universidad porque todos nos habíamos ido dispersando según los vaivenes de la vida, me gustaba conservar y cultivar la amistad de estas dos raras avis que continuamente me sorprendían.

Nunca había llegado a tanto esta amistad como para que yo hubiese visitado alguna de sus casas o ellos la mía, que por otra parte no tenía nada de visitable salvo mi habitación porque el resto era bastante desastroso y desordenado. Lo que sí hacían, sobre todo Ramón, era dejarme libros para leer. Tenían a millones. Como ellos se habían negado siempre a cambiar el papel impreso por el lenguaje informático, se habían dedicado a hacer acopio, literal, de cuanto libro impreso se encontraban. Eran asiduos de las librerías de viejo y de las pocas que quedaban ya de nuevo. Yo no había sido muy consciente del salto tan abismal que se había producido en los últimos años a este respecto porque en la universidad siempre estudié con mi portátil. No tenía libros y casi no usaba para nada el papel y el boli, ni siquiera en el taller. Me hacía mucha gracia que ellos siempre llevasen en el bolsillo algo con lo que escribir, ya fuera pluma o bolígrafo, y en cuanto porfiaban sobre algún asunto sacaban del mismo sus agenditas de papel o cogían una de las servilletas del bar, desenfundaban su pluma y escribían lo que fuese menester.

Yo creo que cuando he tenido necesidad de escribir o recordar algo siempre he usado el portátil, el móvil, además de la pulsera que usaba últimamente por aquellos años y a la que le habían implementado una actualización de organización muy útil. Quizás por eso me costaba tanto desprenderme de ella. Me había acostumbrado a usarla constantemente para todo porque habían logrado convertirla en un sistema que te simplificaba mucho la logística diaria.

Había pasado ya un año desde que me pasó aquello cuando no la actualicé y como no había vuelto a tener ningún contratiempo más, le había cogido hasta cariño.

Mis dos amigos la miraban con recelo y también a cualquier gadget informático que tenía y que a medida que me estabilizaba económicamente eran más numerosos, aunque para mí todos ellos útiles. Yo nunca había negado la utilidad de la tecnología, pero eso es como todo, depende de su aplicación. Un cuchillo te pela una patata o te rebana un pescuezo, depende para qué lo uses.

Ellos, por tendencia natural, siempre veían el mal en estos aparatos, nunca decían nada acerca del maligno, y se guardaban muy mucho de exponer sus convicciones religiosas, pero yo creo que veían esta tecnología como casi demoníaca.
Fuente: Nanocrónica - escalofrio

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